"Había una vez, en un reino no muy lejano, un rey y una reina que anhelaban la llegada de una hija cuyo nombre estaba ya escrito en las estrellas. Y tras compartir su amor durante años, al fin un día su deseo se hizo realidad con la llegada de esa niña tan esperada, la princesa Anabel. La pequeña inundó el reino de alegría, y durante un tiempo, todo fue perfecto. Sin embargo, la despreciable Bruja Injusticia, que vivía a las afueras y estaba acostumbrada a dominar las vidas de todo aquel que se le antojaba, pronto oyó hablar de la belleza y el encanto de la princesita, y llevada por la envidia, lanzó un conjuro que condenó a la niña a una corta vida de cinco años, en silencio y sin movilidad. “Tu encanto no podrá cautivar a mucha gente,” pensó la bruja. Pero se equivocaba. La princesa fue creciendo y, aunque el conjuro de la bruja hizo su efecto, sus padres, los reyes, pelearon para evitar que el vaticinio se cumpliese totalmente. Ayudados por muchos miembros de la corte que querían con locura a la princesita, indagaron incansablemente a fin de hallar un posible antídoto. La reina velaba por la niña en su palacio incansablemente, día y noche, mientras que el rey iba y venía, removiendo cielo y tierra en busca de la salvación de su bien más preciado. Entretanto, la niña luchaba con todas sus fuerzas y valentía, demostrando día a día que estaba dispuesta a pelear. Nunca le faltaba una bella sonrisa en su preciosa carita, y sus grandes ojos del color de la miel, guardados por largas pestañas, siempre radiaban una luz inmensa, que cautivaba al instante a todo aquel que la miraba. La noticia sobre la lucha del rey y la reina por encontrar un remedio alcanzó lugares muy lejanos, y la cruzada duró años. La princesa valiente alcanzó su quinto cumpleaños luchando contra la voluntad de la bruja. Y tanta fue su valentía, que la historia llegó a oídos del Hada Blanca, quien, a pesar de no poder anular el hechizo, consiguió otorgar a la princesa algo más de tiempo. La niña, que a pesar de no poder hablar era consciente del inmenso amor que todos le profesaban, vivió a partir de entonces con una misión: la de entrar en los corazones de todos los ciudadanos de su reino y enseñarles, de la forma más sutil y discreta, el valor de las pequeñas cosas de la vida. Muchos fueron los súbditos que a través de ella descubrieron la verdadera amistad, el coraje, la autoestima, la compasión, y sobre todo, el amor puro. Hasta que un día, cuando el calor del verano empezaba ya a retirarse y el otoño anunciaba su entrada, la princesita comprendió que el antídoto para deshacer su hechizo quizás nunca llegaría, y entonces se dio cuenta de que su mayor fortuna estaba en palacio. Nunca, ningún otro niño, podría haber tenido unos padres mejores que los que ella tenía, y tanta gente que la quisiese aún sin conocerla, en todas partes del mundo. Y ese día, decidió librar del sufrimiento a sus padres, y abandonar su pequeño cuerpecito para irse a otro lugar donde los niños juegan sin parar y velan por quienes tanto los cuidaron en la Tierra. Y ahí es donde ahora estás, princesa. Jugando con los ángeles y saltando de estrella a estrella, velando por el rey y la reina, y transmitiéndoles toda tu fuerza y tu amor incondicionales. Sabes que hay un pedacito de ti en muchos, muchísimos de nosotros, y de esa manera has encontrado la forma de no irte nunca del todo Juega, baila, ríe y sé feliz, princesa bonita"
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